EL PIRATA TRUMP: "El botín es del vencedor"
EL PIRATA TRUMP: "El botín es del vencedor"
Por Theo Belok.
"El botín es para el vencedor"
Cuando era adolescente, mi padre me advertía: "los ingleses y los yanques son piratas, viven de la rapiña y el saqueo" durante años pensé que aquella frase era una exageración propia de otra generación. Hoy, viendo determinadas declaraciones y decisiones de Washington, vuelvo sobre aquellas palabras con una pregunta incómoda: ¿Qué ocurre cuando una potencia deja de ocultar el lenguaje de la fuerza y comienza a hablar abiertamente de vencedores, vencidos y botines?
Las recientes declaraciones del presidente de Estados Unidos, Donald Trump, ante la Asamblea General de la Organización de las Naciones Unidas (ONU), marcan un punto de inflexión crítico en el orden internacional contemporáneo. En cualquier conflicto, dijo Trump hay un botín para el vencedor (1).
El presidente norteamericano amenazó en su discurso en la ONU con «aniquilar» a Irán, aseguró que Cuba «caerá» y alardeó sobre su acceso al petróleo de Venezuela. (2) Al formalizar la máxima de que "al vencedor le pertenece el botín" como eje de su política exterior, Washington descarta explícitamente la diplomacia multilateral y la negociación estratégica. En su lugar, blanquea un modelo de liderazgo mundial basado en el atropello, y la asimetría coercitiva donde el poder militar y la presión económica se orientan directamente a la captura de recursos energéticos y estratégicos.
Este giro conceptual —que muchos ya catalogan como la "Doctrina Donroe"— plantea una amenaza existencial al principio de soberanía nacional e integridad territorial consagrado en la Carta de las Naciones Unidas desde donde él mismo habla. La reformulación de la clásica Doctrina Monroe ya no busca simplemente delimitar una zona de influencia o contener potencias rivales, sino establecer un régimen de extracción y administración directa de los activos soberanos de los Estados periféricos o bajo su zona de influencia.
La administración Trump está haciendo explícita una lógica de poder que anteriormente solía presentarse mediante argumentos de seguridad, orden internacional o lucha contra amenazas.
Durante buena parte de la Guerra Fría, Washington desarrolló una sofisticada arquitectura de operaciones encubiertas basada, entre otros principios, en la llamada 'negación plausible', la potencia hegemónica cometía todo tipo de atropellos, robos, operaciones clandestinas, intentando esconder su huella digital en la escena del crimen. Siempre podían negar su autoría y evitar toda clase de consecuencias aún si fuera una erosión de su imagen pública. Estados Unidos se manejó de esa manera por un largo tiempo. El concepto se remonta al documento NSC 10/2 del Consejo de Seguridad Nacional de EE. UU., redactado un año después de la creación de la CIA. En él se definió que las operaciones encubiertas debían ejecutarse de modo que, si salían a la luz, el gobierno estadounidense pudiera "negar plausiblemente cualquier responsabilidad"
Ahora todo ha cambiado, ya no hay disimulo, el Secretario de Defensa ahora se llama Secretario de Guerra, antes afirmaban invadir países alegando la lucha contra el terrorismo, ahora directamente dicen: queremos su petróleo, la invasión se paga sola con este botín.
La diferencia de la etapa actual no es necesariamente que Washington haya abandonado la coerción, sino que determinadas formas de coerción están siendo expresadas públicamente con una franqueza mucho mayor.
En ese sentido, más que el final del llamado 'imperio encubierto' del cual hablaba el agente económico John Perkins (3), lo que parece estar produciéndose es una transformación de sus métodos de legitimación: aquello que antes requería negación, eufemismos o justificaciones de seguridad nacional comienza a expresarse en términos abiertamente transaccionales o directos.
Gran botín: el petróleo de Irán
En la ONU el presidente estadounidense dijo: «Tengo una gran decisión que tomar», «¿Se llegará a un acuerdo con Irán que les permita reconstruirse y crear un país mucho mejor del que fue antes, uno de los más importantes de Oriente Medio o incluso del mundo? ¿O aniquilo la República Islámica, y lo hago rápido, para quitarles la posibilidad de que vuelvan a matar gente y destruir países otra vez?». Es sabido que Estados Unidos tiene muy reducido el suministro de misiles, la única manera de "aniquilar" a todo un país es mediante bombas nucleares, algo que bajo ningún punto de vista puede estar justificado. La amenaza de 'aniquilar' a la República Islámica plantea interrogantes extremadamente graves desde la perspectiva del derecho internacional, especialmente si se interpreta literalmente como una amenaza contra la población y la infraestructura de un Estado entero.
En marzo pasado el presidente afirmó que su objetivo es "apoderarse del petróleo" de Irán y advirtió que Washington podría avanzar sobre la isla de Kharg, la terminal marítima más importante y el principal puerto exportador del país. (4).
En abril pasado durante la tradicional búsqueda de huevos de Pascua en los jardines de la Casa Blanca, periodistas de la cadena estadounidense Politico registraron declaraciones directas del mandatario donde explicaba que el único freno para no adueñarse de los recursos de inmediato era la opinión pública local:
"Si pudiera elegir, me quedaría con el petróleo. Pero también quiero hacer feliz a la gente de nuestro país".
"Lamentablemente, al pueblo estadounidense le gustaría que volviéramos a casa. Si por mí fuera, me quedaría con el petróleo, me lo quedaría, generaría mucho dinero. Además, cuidaría mucho mejor al pueblo de Irán de lo que lo han tratado hasta ahora" (5)
A mediados de septiembre de 2026, durante un viaje a Irlanda, el mandatario estadounidense redobló su retórica belicista al equiparar la situación de Irán con las acciones ejecutadas por su administración a inicios de año en Sudamérica. Reportes de las agencias EFE e Infobae recogieron sus palabras sobre la posibilidad de mantener tropas en la región para cobrar la factura militar:
Trump esbozó la posibilidad de "quedarse" en Irán y "quedarse con el petróleo, como en Venezuela", bajo el argumento de que Washington ya había recibido ingresos suficientes del crudo venezolano como para recuperar varias veces el costo invertido en la guerra (6).
Asimismo, manifestó a la prensa que las fuerzas estadounidenses terminarían retirándose de la región, a menos que decida de forma definitiva "quedarse con su petróleo". (7)
El precedente: el botín venezolano
El análisis geopolítico del caso de Venezuela ofrece un patrón operativo de este nuevo diseño descarnado y abierto de intervención. Los elementos clave de esta dinámica revelan cómo una intervención apunta al control de un recurso estratégico.
Trump dijo en agosto: ‘Estamos extrayendo grandes cantidades de petróleo de Venezuela… El botín es para el vencedor’ (8)
Trump ha afirmado sin tapujos que su gobierno está extrayendo millones de barriles de crudo de dicha nación tras una operación militar exprés que decapitó al régimen de Nicolás Maduro. Su justificación financiera es de un pragmatismo corporativo feroz: la guerra se pagó sola con el petróleo saqueado. Ahora Washington ha obtenido una posición extraordinariamente favorable para influir sobre el sector petrolero venezolano y sobre los flujos de exportación del país. Como podemos analizar desde un punto de vista estratégico lo sucedido:
a) Incursión militar con fines de autofinanciamiento: La intervención armada se justifica bajo un pragmatismo corporativo, donde los costos operativos de la guerra se sufragan directamente con los recursos del Estado intervenido. El mismo Trump lo dio a entender de manera explícita.
b) Apropiación del flujo energético: A través de la firma de contratos petroleros con estructuras políticas satélites e interinatos, Estados Unidos ha asumido el control de la segunda reserva de crudo más grande del mundo.
c) Colateral o garantía de futura guerra: una tercera hipótesis, más especulativa, sería considerar la incursión sobre Venezuela como un reaseguro, o una garantía futura de recursos energéticos ante la eventual guerra contra Irán que aún no se había desencadenado. Aunque su extracción posiblemente no supla el cierre del Estrecho de Ormuz, debido a que el crudo venezolano es más difícil de procesar por su consistencia similar a la brea, los Estados Unidos se aseguran el control sobre el suministro de petróleo venezolano y desplazan a la competencia China del territorio.
b) Apropiación del flujo energético: A través de la firma de contratos petroleros con estructuras políticas satélites e interinatos, Estados Unidos ha asumido el control de la segunda reserva de crudo más grande del mundo.
c) Colateral o garantía de futura guerra: una tercera hipótesis, más especulativa, sería considerar la incursión sobre Venezuela como un reaseguro, o una garantía futura de recursos energéticos ante la eventual guerra contra Irán que aún no se había desencadenado. Aunque su extracción posiblemente no supla el cierre del Estrecho de Ormuz, debido a que el crudo venezolano es más difícil de procesar por su consistencia similar a la brea, los Estados Unidos se aseguran el control sobre el suministro de petróleo venezolano y desplazan a la competencia China del territorio.
"Escudo de las Américas" y la "lucha contra el narco" como excusa?
Esta lógica de sometimiento y conquista no se detiene en Venezuela, a todas luces parece solo el comienzo de una política de Estado estratégicamente planificada. Bajo el pretexto del combate al narcotráfico y la "amenaza terrorista" de los cárteles, la presión e injerencia estadounidense se extiende con fuerza hacia Cuba y México. Sabido es que Trump en su primer mandato, deslizó a su cúpula militar barajar la posibilidad de bombardear a los cárteles mexicanos.
Al igual que en Venezuela, existen actores políticos y empresariales en México que, movidos por intereses personales o la mera ambición de recuperar el poder, coquetean con la intervención extranjera bajo la falsa premisa de que solo la fuerza de Washington resolverá las crisis internas. Como bien señaló la máxima mandataria mexicana durante su última gira por Sinaloa, la injerencia extranjera nunca resuelve los problemas, solo los agrava y genera más violencia.
Aceptar la normalización del "botín del vencedor" implica retroceder siglos de avance en derechos soberanos. Si las sociedades latinoamericanas permiten que sus élites entreguen los recursos, la fuerza de trabajo y la autodeterminación a cambio de tutelaje político, la región se convertirá en un simple tablero de extracción colonial. La Doctrina Monroe 2.0 no busca socios ni aliados comerciales; busca vencidos para poder reclamar sus despojos. Sin buscarlo, Washington está creando incentivos para que todos los países del Sur Global contemplen con mayor entusiasmo alianzas mas fuertes con China, debido a su liderazgo no intrusivo y no condicional.
Para América Latina, el retorno a la era del extractivismo colonial mediante el uso de la fuerza plantea un desafío sistémico. Cuando un Estado cede el control sobre sus recursos naturales, sus fronteras o su política fiscal, la soberanía se convierte en una ficción jurídica.
El resguardo de la soberanía en el siglo XXI exige un fortalecimiento de los mecanismos institucionales internos, el control férreo de los recursos energéticos por parte del Estado y el rechazo unánime a cualquier narrativa que normalice la tutela extranjera. Frente a una superpotencia que asume el conflicto como una vía legítima para el pillaje económico, la defensa de la soberanía nacional deja de ser una postura ideológica para convertirse en una estricta necesidad de supervivencia geopolítica.
Dentro de este andamiaje de dominación, mecanismos multilaterales de seguridad como el "Escudo de las Américas" sufren una mutación conceptual severa. Lejos de operar como un esquema genuino de cooperación policial contra el crimen organizado, esta estructura se revela bajo el rigor del análisis geopolítico como un sofisticado relato antinarco diseñado para legitimar la intervención regional. Esta narrativa sustituye de manera orgánica a la "guerra contra el terrorismo" de matriz islámica que modeló la política exterior de Washington a principios del siglo XXI. Al transmutar la tipificación de los cárteles latinoamericanos de meras organizaciones criminales a "amenazas terroristas globales", la Casa Blanca no busca resolver una crisis de salud pública o seguridad transfronteriza, sino fabricar el consenso legal y moral necesario para violentar la soberanía de los Estados. Así, el narcotráfico pasa a ocupar el vacío retórico dejado por Al Qaeda o ISIS, transformándose en la nueva licencia geopolítica para justificar el despliegue militar, la injerencia financiera y la eventual captura de recursos estratégicos bajo una fachada de estabilización hemisférica.
Jon Lee Anderson, reportero de la revista The New Yorker desde 1998 dijo: "Lo próximo que veremos será una acción militar directa de EE.UU. en América Latina, supuestamente contra el narcotráfico" - BBC News Mundo
Esto supone un cambio radical respecto a su primer mandato, donde latinoamerica no parecía ser una zona de interés. Tras la nueva estrategia de seguridad nacional de fines de 2025, el repliegue hacia el territorio hemisférico pasó a ser de gran prioridad.
Una nueva derecha funcional a Washington
La expansión de esta nueva arquitectura de poder no depende únicamente de la presión militar o económica de Estados Unidos. También requiere actores políticos locales dispuestos a aceptar, e incluso promover, una mayor dependencia estratégica de Washington. En América Latina comienza a observarse una convergencia entre sectores de la nueva derecha, grupos empresariales y dirigentes políticos que presentan la subordinación geopolítica como una expresión de patriotismo, seguridad o defensa de los valores occidentales o "judeocristianos".
El fenómeno merece atención porque la pérdida de soberanía no siempre se produce mediante una invasión. También puede avanzar mediante gobiernos que, en nombre de la seguridad, la lucha contra el narcotráfico o la integración con Estados Unidos, aceptan progresivamente una mayor injerencia externa sobre sus decisiones militares, económicas y energéticas. La cuestión no es la orientación ideológica de esos gobiernos en sí misma, sino hasta qué punto la búsqueda de protección o respaldo internacional termina convirtiéndose en dependencia estratégica y pérdida de soberanía.
En este contexto también resulta significativo el alineamiento de determinados sectores de esta nueva derecha con la política de Estados Unidos e Israel. El problema no reside en establecer relaciones con uno u otro país, sino en que una política exterior presentada como defensa del interés nacional puede terminar subordinando ese interés a una agenda geopolítica diseñada fuera de las propias fronteras. Si la nueva arquitectura hemisférica necesita gobiernos dispuestos a aceptar esa tutela, entonces la batalla por la soberanía no se libra solamente frente a la potencia que ejerce la presión, sino también dentro de cada país.
Conclusión soberanista
La Doctrina Monroe 2.0 parece ofrecer algo muy distinto de una relación entre socios iguales: una arquitectura hemisférica en la que Washington conserva la capacidad de definir quiénes son aliados, quiénes representan amenazas y qué recursos resultan estratégicos para sus intereses.
La cuestión no es la orientación ideológica de esos gobiernos en sí misma, sino hasta qué punto la búsqueda de protección, alianzas incondicionales o respaldo termina convirtiéndose en dependencia estratégica y pérdida de soberanía.
Una potencia o país puede ampliar su esfera de influencia no solamente mediante la fuerza, sino haciendo que otros Estados perciban la dependencia como una solución conveniente a sus propios problemas.
El problema comienza cuando esa arquitectura convierte a los Estados latinoamericanos en vencedores o vencidos, y a sus recursos en el botín del vencedor.
Por Theo Belok, padre de la Teoría Soberanista; escritor y analista geopolítico, autor de "Globalismo: ¿Qué es y cómo derrotarlo?". Sigue sus análisis en su sitio oficial: teoriasoberanista.com






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