TRUMP GUIÑA A MILEI POR MALVINAS
Por Theo Belok.
En el año en que nací, Argentina estaba en guerra por Malvinas (dos hermosas islas en el Atlántico Sur). La cuestión Malvinas ha vuelto recientemente al centro de la escena. No se trata, sin embargo, de una simple repetición de la histórica disputa entre Argentina y el Reino Unido. El escenario internacional cambió y el Atlántico Sur adquirió una importancia estratégica creciente: petróleo, pesca, energía, rutas marítimas, Antártida, infraestructura y competencia entre grandes potencias confluyen hoy en esta región.
Por eso Malvinas debe ser entendida como parte de un problema mucho mayor: la capacidad de Argentina para ejercer soberanía efectiva sobre su territorio, sus mares y sus recursos.
El renovado énfasis del Gobierno argentino de Milei en la cuestión resulta relevante cuando vincula la reivindicación diplomática con la defensa de los recursos, las sanciones a empresas que participan de proyectos hidrocarburíferos alrededor de las islas y el fortalecimiento de la presencia naval en el extremo sur. La cuestión deja así de ser solamente una reivindicación histórica y vuelve a relacionarse con la capacidad material del Estado.
Y esa es una diferencia fundamental. Una soberanía que solamente se proclama, pero que carece de los medios para ser ejercida, corre el riesgo de convertirse en una soberanía declarativa.
Para quienes crecimos después de 1982, Malvinas nunca fue solamente un capítulo de un libro de historia. Para una generación de argentinos, Malvinas llegó a nosotros a través de las voces de nuestros padres, de fotografías en blanco y negro, de nombres de soldados, de canciones, de monumentos y de una frase repetida durante décadas: las Malvinas son argentinas.
La explotación petrolera alrededor de Malvinas demuestra hasta qué punto el conflicto ha adquirido una dimensión económica. Cada proyecto que consolida actividades extractivas bajo administración británica contribuye a hacer más permanente el statu quo. Argentina necesita responder no solamente mediante la diplomacia, sino también utilizando sus propias ventajas estratégicas.
Entre ellas se encuentra el mega yacimiento Vaca Muerta. El enorme potencial energético argentino puede convertirse en algo más que una fuente de divisas: puede ser una herramienta geopolítica. Frente a inversiones en una zona sometida a una disputa de soberanía, Argentina puede ofrecer un gigantesco polo energético continental, con recursos de escala mundial y posibilidades de expansión de infraestructura.
Pero el desafío no termina en el petróleo. China ha adquirido una presencia creciente en la región mediante comercio, inversiones, infraestructura y tecnología. La estación espacial de Neuquén, acordada durante el gobierno de Cristina Fernández de Kirchner, es un ejemplo que merece atención. No corresponde definirla simplemente como una "base militar china", porque oficialmente es una estación de espacio profundo vinculada al programa espacial de Beijing. Pero tampoco resulta razonable ignorar su valor estratégico ni el hecho de que una infraestructura operada por una entidad vinculada al aparato espacial chino permanezca durante décadas en territorio argentino.
Más visible todavía es la cuestión pesquera. Una enorme flota china de larga distancia opera frente a las costas sudamericanas y en las proximidades de la Zona Económica Exclusiva argentina. Cuando se la ve de noche, parece una ciudad flotante iluminada. No todos esos buques operan ilegalmente: una parte importante lo hace en aguas internacionales, otra parte invade nuestra plataforma continental marítima. El problema reside en la enorme presión extractiva sobre recursos pesqueros y en la dificultad argentina para vigilar eficazmente un espacio marítimo gigantesco.
Aquí aparece una de las grandes debilidades nacionales: Argentina posee enormes derechos marítimos, pero todavía no dispone de una capacidad proporcional para ejercerlos plenamente.
La soberanía marítima necesita patrulleros, aeronaves, satélites, radares, drones, inteligencia, comunicaciones y una fuerza naval capaz de permanecer en el mar. Los P-3C Orion y los patrulleros oceánicos representan pasos importantes, pero deben formar parte de una estrategia mucho mayor de vigilancia y control del Atlántico Sur.
En este contexto, Ushuaia adquiere una importancia excepcional. La Base Naval Integrada no debería ser entendida solamente como una obra militar, sino como uno de los principales ejes desde los cuales Argentina puede proyectar poder hacia el Atlántico Sur y la Antártida. Tierra del Fuego, el Canal Beagle, las rutas hacia Malvinas y el acceso antártico conforman un espacio estratégico que Argentina debe fortalecer.
La geografía ya nos concedió una posición privilegiada. El Estado debe convertirla en capacidad.
Y aquí aparece Estados Unidos. El reciente interés de Donald Trump por la cuestión Malvinas no debería interpretarse ingenuamente como una conversión de Washington a la causa soberana argentina. Las grandes potencias actúan en función de sus propios intereses. El momento en que reaparece Malvinas en la política estadounidense —en medio de tensiones entre Washington y Londres por la guerra con Irán— permite interpretar la cuestión también como una posible herramienta de presión sobre el Reino Unido.
Para Estados Unidos, Malvinas puede ser una carta frente a Londres. Para Argentina, esa misma circunstancia puede convertirse en una oportunidad diplomática.
La clave está en comprender que una coincidencia de intereses no significa una coincidencia de objetivos.
Washington tiene además otro objetivo evidente: limitar la creciente proyección estratégica china. Y aquí los intereses argentino-estadounidenses pueden converger. Argentina necesita inteligencia marítima, tecnología, vigilancia satelital, equipamiento, entrenamiento y capacidades navales. Estados Unidos posee buena parte de esas capacidades.
La oportunidad consiste entonces en cooperar sin sustituir una dependencia por otra. Argentina no debería elegir entre Washington y Beijing. Debería elegir a la Argentina.
Si Estados Unidos quiere una Argentina con mayor capacidad para controlar el Atlántico Sur y limitar la expansión china, Buenos Aires debería aprovechar esa necesidad para obtener tecnología, capacitación, inteligencia, infraestructura y desarrollo industrial. La cooperación debe producir capacidades argentinas, no dependencia argentina.
El objetivo tampoco debería ser preparar una guerra para recuperar Malvinas. La experiencia de 1982 demuestra precisamente el costo de una confrontación militar improvisada en condiciones desfavorables.
La meta a largo plazo debe ser construir poder militar, disuasión y capacidad de negación estratégica: una Argentina capaz de vigilar sus mares, proteger sus recursos, sostener una presencia austral permanente, recuperar una fuerza submarina convencional, modernizar su aviación y desarrollar radares, satélites, patrulleros e industria naval propia. Activar un amplio programa de misiles y drones de mediano y largo alcance es una prioridad estratégica.
No se trata de una carrera armamentística. Se trata de que ningún actor extranjero pueda asumir que Argentina carece de medios para defender sus intereses.
Porque la diplomacia tiene otra fuerza cuando detrás de ella existe poder nacional.
Malvinas, entonces, no debería ser solamente una política exterior. Debería ser el núcleo de una estrategia mucho más amplia para el ejercicio de la soberanía en el Atlántico Sur: energía, pesca, defensa, industria, ciencia, Ushuaia, Antártida, infraestructura y diplomacia.
En definitiva, cada potencia tiene sus intereses, Reino Unido tiene intereses. China tiene intereses. Estados Unidos tiene intereses. Argentina también debe tener los suyos.
No necesitamos expulsar a todas las potencias extranjeras de nuestro entorno. Necesitamos impedir que cualquiera de ellas pueda decidir unilateralmente qué ocurre en nuestro territorio, nuestros mares o con nuestros recursos.
Una alianza con EE.UU. es natural en un marco de defensa del Occidente. Pero la potencia mundial debe ofrecer incentivos y garantías para obtener con sus socios un trato ganar-ganar, dejando de lado prácticas prepotentes y neoimperiales del pasado. China ha ganado progresivamente un lugar en Sudamérica debido a que su liderazgo pacífico ofrece beneficios palpables a sus socios, sin intervencionismo, ni injerencia desmedida.
Si EE.UU. no comprende que es una potencia en declive en un mundo multipolar e insiste en promover invasiones, destituciones, raptos, golpes de Estado encubiertos para colocar gobiernos afines a sus políticas extractivas, ineludiblemente creará incentivos para que más y más países sudamericanos vean a China como su salvación.
La verdadera soberanía no consiste solamente en reclamar aquello que consideramos nuestro. Consiste en construir las capacidades necesarias para defenderlo y la mejor alianza es la que mejor nos beneficia.
Malvinas no se recuperan solamente reclamándolas. Se recuperan construyendo una Argentina capaz de ejercer plenamente su soberanía.
Quizás la generación que nació durante aquella guerra no tenga la oportunidad de ver flamear nuevamente la bandera argentina en las islas. Pero sí puede contribuir a que nuestros hijos hereden algo que nosotros no recibimos: un país capaz de defender aquello que considera suyo.





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