LA CIVILIZACIÓN JUDEOCRISTIANA NO EXISTE

 

Por Theo Belok.

En las últimas décadas se ha vuelto habitual escuchar, en discursos políticos y mediáticos, la expresión “civilización judeocristiana” como si se tratara de una evidencia histórica indiscutible. Desde políticos estadounidenses que reivindican un «Occidente judeocristiano», una «tradición judeocristiana» o los «fundamentos judeocristianos de nuestra cultura», hasta quienes reclaman un «frente civilizacional» que impulse un supuesto «renacimiento judeocristiano». 

La idea de fondo es la misma: se la invoca como fundamento de la civilización o la identidad occidental, como un legado común que uniría a Europa y, por extensión, a todo Occidente. Sin embargo, detrás de esta fórmula aparentemente inocente se esconde una construcción ideológica reciente, cargada de implicancias geopolíticas y escasamente sostenida por el rigor histórico.

Durante siglos, la comprensión más extendida sobre los orígenes de la civilización europea remitía a la antigüedad grecolatina. La filosofía griega, el derecho romano, la literatura clásica y las formas políticas heredadas de ese mundo constituían el núcleo reconocido de esa tradición. Incluso considerando milenios de cultos paganos o la posterior influencia del cristianismo, todos estos diversos elementos fueron tradicionalmente considerados la base de la identidad occidental. 

El desplazamiento comienza cuando se pasa de hablar de «raíces cristianas» a introducir la noción de «judeocristianismo». Este giro no es menor. Supone presentar como una unidad coherente dos tradiciones religiosas que, en términos históricos y teológicos, han estado separadas por profundas diferencias durante casi dos milenios. Ningún falso ecumenismo puede disimular el hecho de que el judaísmo y el cristianismo no solo no constituyeron una civilización común, sino que durante largos períodos mantuvieron relaciones tensas, conflictivas e incluso trágicas.

Hablar hoy de una «civilización judeocristiana» implica, por lo tanto, borrar arbitrariamente esas diferencias, suavizar antagonismos históricos y proyectar hacia el pasado una unidad que nunca existió. Se trata de un anacronismo: una reinterpretación del pasado desde categorías propias de ciertas corrientes ecuménicas del presente. No describe un hecho histórico, sino que construye un relato.

¿Por qué, entonces, se insiste tanto en esta idea? La respuesta parece encontrarse menos en la historia que en la geopolítica contemporánea. El concepto funciona como un dispositivo que permite redefinir a Occidente en términos religiosos arbitrarios, estableciendo un “nosotros” homogéneo frente a un “otro” percibido como externo. En ese esquema, el Islam aparece muchas veces como el antagonista forzado, en narrativas belicistas que apelan a un inevitable  "choque de civilizaciones".

El término «judeocristiano» es moderno y no constituye un concepto histórico ni académico consolidado. Su uso político creció principalmente en Estados Unidos durante los siglos XX y XXI, en contextos como: la Guerra Fría, el apoyo al Estado de Israel, la lucha contra el terrorismo, las intervenciones militares en países islámicos y el intento de redefinir artificialmente la identidad occidental a través de una operación de sustitución conceptual: la tradición grecolatina y cristiana por un «judeocristianismo» mitológico. 

Así, este nuevo concepto no solo borra la herencia grecolatina —reduciendo la complejidad de la historia europea a una narrativa religiosa simplificada—, sino que también contribuye a la construcción de un frente cultural y geopolítico unificado. Al presentar dos religiones como partes de una misma civilización, se intenta consolidar una alianza simbólica que responda a intereses actuales más que a realidades históricas.

Este uso instrumental del término tiene además otra consecuencia problemática: diluye la especificidad del judaísmo como tradición histórica y cultural propia, distinta del cristianismo. Lejos de ser un gesto de reconocimiento o inclusión, la fusión bajo la misma etiqueta «judeocristiana» puede implicar una forma sutil de apropiación, simplificación o distorsión. También diluye la especificidad cristiano-helenista en Europa. 

Nada de esto significa negar que existan puntos de contacto como el Antiguo Testamento, o ciertos escenarios compartidos entre ambas tradiciones. Pero reconocer afinidades parciales no equivale a afirmar la existencia de una civilización occidental común, y mucho menos construida en conjunto. Esa afirmación requeriría un grado de aporte conjunto, continuidad, unidad y coherencia histórica que, sencillamente, no se verifica en los hechos.

En definitiva, la «civilización judeocristiana» es una distorsión histórica, un mito moderno. Su difusión responde a necesidades emergentes en gran parte funcionales a agendas geopolíticas del presente, más que a un análisis riguroso del pasado. Persistir en su uso implica, en el mejor de los casos, reproducir un error conceptual; en el peor, contribuir a una narrativa con un interés solapado de fondo. 

Recuperar una visión más honesta e integral de la historia de la civilización occidental —que reconozca tanto la herencia grecolatina, como la cristiana y las tradiciones paganas que lo han conformado— es un paso necesario para evitar que el lenguaje se convierta en una herramienta de distorsión para legitimar determinadas políticas, especialmente relacionadas con Medio Oriente. Porque las palabras no solo describen la realidad: también la construyen. Y cuando se utilizan sin precisión, pueden terminar legitimando ficciones que poco tienen que ver con la realidad. 

Esta crítica no implica en modo alguno una desvalorización del judaísmo o el cristianismo como tradiciones religiosas e históricas singulares. Por el contrario, cuestiona precisamente la tendencia a diluir la especificidad dentro de una categoría artificial que no refleja el desarrollo histórico independiente y particular. 


Por Theo Belok, padre de la Teoría Soberanista; escritor y analista geopolítico, autor de "Globalismo: ¿Qué es y cómo derrotarlo?". Sigue sus análisis en su sitio oficial: teoriasoberanista.com

Comentarios

Entradas populares