TRUMP 2.0, primer año resumido -análisis

Por Theo Belok


Este 20 de enero de 2026 se cumple el primer año del segundo mandato presidencial de Donald J. Trump. Un año que ya puede calificarse como revelador, disruptivo y profundamente incómodo para el orden globalista. Trump volvió al poder no para administrar el sistema, sino para tensionarlo a su punto de quiebre. Llegó al poder no para moderarse, sino para acelerar el proceso de deconstrucción globalista.

Al igual que en su primer mandato, Trump ha sido objeto de la campaña de desprestigio mediático más intensa de la historia moderna. Pero esta vez, el ataque fue todavía más virulento. Los grandes medios de comunicación, los centros académicos globalistas, la burocracia federal y las élites trasnacionales entendieron algo clave: Trump 2.0 no volvía a defenderse, volvía para avanzar.

Las élites globales hicieron todo lo posible para impedir su regreso. No lo lograron. Y como suele ocurrir, lo que no lo destruyó, lo fortaleció. Tras una elección contundente, Trump asumió con un nivel de legitimidad popular que no tuvo en su primer mandato. Esta vez llegó con experiencia, aliados estratégicos, un gabinete ideológicamente alineado y, sobre todo, con una agenda clara de confrontación estructural.

A diferencia de su primera presidencia —marcada por el golpe deslegitimizador del Russiagate, que lo mantuvo a la defensiva durante años— Trump 2.0 regresó “pateando puertas”. Sobrevivió a intentos de asesinato, resistió la guerra judicial, neutralizó parte del sabotaje interno y entendió que no había margen para la tibieza.

Este análisis no pretende repetir la narrativa de la prensa masiva. Al contrario: busca ofrecer una lectura alternativa, desde una perspectiva soberanista y antiglobalista explícita.

Porque antes de analizar a Trump, es imprescindible aclarar desde qué óptica se lo analiza.

Quien observe a Trump desde la izquierda progresista lo repudiará sin matices. Quien lo haga desde la derecha liberal económica también encontrará múltiples objeciones, especialmente en materia comercial y monetaria. En mi caso, adopto una posición soberanista y abiertamente antiglobalista. Y esto no es un detalle menor.

El enemigo real: el globalismo

La gran amenaza de nuestro tiempo no es China, ni Rusia, ni el terrorismo islámico. La gran amenaza es el globalismo, entendido como:

“Un sistema ideológico que promueve la concentración del poder a escala mundial y la transferencia de la soberanía de las naciones a entidades supranacionales, con el objetivo de conformar una estructura de poder global de tipo totalitario” (Belok, 2021).

En la matriz globalista subyace una idea profundamente subversiva: la disolución del Estado Nación soberano, la erosión de las libertades individuales, la precarización del trabajo y la demolición de las identidades culturales.

Si un líder —cualquiera sea— toma medidas para frenar ese proceso, defenderé su lucha, porque es la mía desde hace más de dos décadas.

Donald Trump, con todos sus defectos y contradicciones, es un proto-soberanista. No es un teórico. No es un doctrinario. Pero encarna, de manera imperfecta, una reacción civilizatoria frente al avance globalista. En un momento histórico donde Occidente estaba al borde del colapso identitario, Trump representa contención y una fuerza de choque.

Bajo esta óptica analizo su segundo mandato, estructurándolo en cuatro áreas clave: economía, geopolítica, batalla cultural y política interna.

1. Economía: demolición controlada del modelo financierista

Pocos advierten que detrás de la narrativa “proteccionista” existe algo más profundo: una voluntad de reconfigurar el sistema económico estadounidense, atacando el corazón del modelo financierista y reconstruyendo un esquema basado en la producción de riqueza real.

Trump entiende algo que muchos economistas ignoran o fingen ignorar: el comercio internacional es un instrumento de poder. No existe economía “neutral” ni mercados despolitizados. Aranceles, divisas, cadenas de suministro y alianzas comerciales forman parte de la misma ecuación geopolítica.

La visión económica de Trump 2.0 es una versión intensificada del enfoque de su primer mandato: un capitalismo desarrollista, orientado a:

  1. Reindustrializar Estados Unidos.

  2. Proteger al trabajador estadounidense.

  3. Reducir la dependencia exterior, especialmente frente a China.

Pero el objetivo estratégico va más allá: alterar el núcleo del sistema financiero, atacando el déficit comercial crónico y el mercado de deuda, sin abolir la propiedad privada ni el sistema capitalista.

El 2 de abril, Trump declaró el llamado “Día de la Liberación”, decretando aranceles recíprocos masivos y proclamando la “independencia económica”. Fue un auténtico blitzkrieg comercial, que abrió paso a lo que algunos analistas denominan un “Acuerdo de Mar-a-Lago”: no un tratado formal, sino una serie de pactos bilaterales con tres ejes centrales:

  • Reducir el déficit comercial.

  • Restaurar la industria nacional.

  • Devaluar el dólar sin perder su estatus como moneda de reserva.

La implementación agresiva de aranceles generó volatilidad deliberada. Capitales huyeron temporalmente de Wall Street y de los bonos del Tesoro hacia activos refugio como el oro y Bitcoin. El resultado fue un debilitamiento relativo del dólar, exactamente lo que la administración buscaba.

A diferencia de los pronósticos catastrofistas de los economistas liberales, la inflación se mantuvo contenida. Lejos de la hiperinflación anunciada, el índice interanual se ubicó en torno al 2,7%. La industria comenzó a reactivarse y miles de millones de dólares regresaron al país en forma de inversiones productivas.

La demolición controlada del modelo financierista implica riesgos significativos. Pero el movimiento MAGA está dispuesto a asumirlos para recuperar los pilares que alguna vez hicieron grande a Estados Unidos.

2. Geopolítica: del globalismo al repliegue hemisférico

Trump basa su política exterior en una premisa central: neutralizar a China sin arrastrar a Estados Unidos a una guerra total. Para ello, combina confrontación económica, presión tecnológica y repliegue estratégico.

Desde su primer mandato, el Pentágono abandonó el foco obsesivo en el terrorismo islámico y volvió a la competencia entre Estados. Eso fue un golpe directo a la agenda globalista, que utilizaba a EE.UU. como gendarme mundial al servicio de intereses supranacionales.

En este segundo mandato, Trump ha comenzado a replegarse hacia su propio hemisferio, reduciendo presión en Asia y Oriente Medio, mientras refuerza el control de su área de influencia natural.

Para entender este movimiento, es clave distinguir dos líneas geopolíticas en pugna:

La geopolítica globalista

Busca inflar a China como potencia funcional al sistema, demonizar a Rusia y utilizar a EE.UU. como brazo armado del orden supranacional. Organismos como USAID, ONG y estructuras “humanitarias” han sido herramientas clave de esta estrategia.

La geopolítica patriótica

Prioriza el interés nacional, busca dividir a China y Rusia, y opera con lógica transaccional. Aquí aparece la famosa Trampa de Tucídides: cercar y debilitar al rival para evitar una guerra abierta.

Trump ha tomado múltiples medidas en esta línea:

  • Aranceles y restricciones tecnológicas contra China.

  • Bloqueo de herramientas estratégicas para el diseño de chips.

  • Inversión masiva en IA y tecnología avanzada.

  • Fortalecimiento de alianzas en Asia y con gobiernos ideológicamente afines.

  • Intentos de pacificación en Medio Oriente.

  • Acercamiento táctico a Rusia para aislarla de China.

Al mismo tiempo, sus movimientos más agresivos —operaciones militares sin aval del Congreso, amenazas territoriales a aliados, reivindicación de Groenlandia, presión sobre Panamá y Canadá— reflejan una reactivación explícita de la Doctrina Monroe.

Trump no busca consenso internacional. Busca alineación hemisférica.

Esto ha generado tensiones incluso dentro de su base, que le reclama concentrarse más en los problemas internos. La política exterior sigue siendo su flanco más controvertido.

3. Batalla cultural: el choque frontal contra el progresismo

Si hay un terreno donde Trump pasará a la historia, es en la batalla cultural. Ningún otro líder occidental enfrentó de manera tan directa la agenda progresista woke.

Trump ha combatido lo que he denominado microidiologías globalistas: fragmentaciones identitarias diseñadas para debilitar la cohesión social de las mayorías de Occidente.

Su cruzada cultural busca restaurar valores tradicionales: familia, nación, trabajo, fronteras, propiedad y natalidad. Ha enfrentado el extremismo de género, el racismo antiblanco y la ingeniería social institucionalizada.

Entre las medidas más relevantes: Eliminación de políticas DEI en el gobierno federal; reafirmación del sexo biológico como base legal; salida de organismos multilaterales como OMS, UNESCO y CPI; abandono del Acuerdo de París; restricciones al financiamiento federal del aborto; reforma educativa para erradicar material ideológico antiamericano.

La resistencia ha sido feroz. Más de 500 demandas judiciales buscan bloquear sus reformas. No es casualidad: Trump está tocando el nervio ideológico del globalismo cultural. Jueces, ONG, fundaciones y medios actúan como un sistema de defensa corporativa del viejo orden.

4. Política interna: guerra al Estado profundo

Trump inició su segundo mandato con una idea clara: liderar una segunda revolución americana. Esta vez, no contra una potencia colonial, sino contra una oligarquía burocrática trasnacional enquistada en el aparato federal.

Ha declarado la guerra al llamado Estado profundo, implementando: recortes masivos de burocracia; reinstauración del Anexo F para remover funcionarios de carrera; cierre de USAID; control fronterizo real y deportaciones masivas; designación de cárteles como organizaciones terroristas.

Lo que está ocurriendo no es una reforma administrativa. Es una revolución institucional silenciosa.

Trump ha avanzado tan rápido que sus movimientos se perciben como caóticos. Pero las encuestas muestran algo interesante: su base permanece sólida. El problema no es la pérdida de apoyo, sino la polarización absoluta.

¿Fractura del movimiento MAGA?

El mayor desafío de Trump hoy no proviene de los demócratas ni del globalismo, sino de su propio movimiento. Irán, Israel, Epstein y su política exterior han generado una fractura interna. Figuras clave como Elon Musk, Tucker Carlson y Marjorie Taylor Greene han expresado su descontento. Muchos acusan a Trump de pragmatismo excesivo. Otros no ven la estrategia de fondo. La tensión es real y peligrosa.

Conclusión

Trump no es perfecto. Nunca lo fue. Pero ha demostrado un coraje político excepcional. Su segundo mandato ha profundizado el rumbo: economía productiva, confrontación con China, resistencia cultural al progresismo y ataque al Estado profundo. Avanzó demasiado rápido. Ahora debe consolidar. Lo que está en juego no es solo una presidencia. Es el alma misma de Occidente.

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Por Theo Belok
Padre de la Teoría Soberanista.
Autor de Trump contra el Globalismo y Globalismo: ¿Qué es y cómo derrotarlo?
teoriasoberanista.com

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