La crisis interna del trumpismo

Por Theo Belok.

La guerra ofensiva en Medio Oriente, apetencias territoriales sobre Groenlandia, derrocamiento bélico en Venezuela, Epstein y las fracturas de un movimiento que comenzó a parecerse demasiado al sistema que prometía destruir.

Cuando Donald Trump regresó al poder, lo hizo envuelto nuevamente en la épica de la rebelión antisistema. Su retorno no fue presentado simplemente como una alternancia política, sino como la restauración de un movimiento que aseguraba haber sobrevivido a todo: al establishment globalista, a los neocon republicanos, a los medios, a los procesos judiciales, al aparato burocrático de Washington, a tres intentos de asesinato e incluso a una derrota electoral previa.

El primero año de gobierno parecía prometedor, el Trump 2.0 parecía una versión reforzada y proactiva de lo que fue en su primer mandato, lo describí en términos positivos (leer aquí), aunque ya se avizoraban algunas señales de alerta. 

En apenas unos meses, los primeros del 2026, el trumpismo empezó a exhibir fisuras simultáneas en varios frentes. La posibilidad de una escalada militar contra Irán abrió una profunda fractura ideológica dentro del movimiento America First; el fantasma de Jeffrey Epstein volvió a instalarse sobre el entorno político y social trumpista con las nuevas desclasificaciones, las mismas que comenzaron incluso a rozar figuras cercanas al núcleo de gobierno.

Lo importante no es cada episodio por separado. Lo importante es el patrón. Porque todos apuntan hacia el mismo problema: el trumpismo comienza a enfrentar la contradicción de un  movimiento populista que agrupó sectores incompatibles, como ser patriotas nacionalistas con neoconservadores belicistas e intervencionistas.

La fractura de America First

La cuestión iraní expuso una tensión que venía acumulándose desde hace años dentro del universo trumpista. Durante mucho tiempo, el movimiento "Estados Unidos Primero" (America First) logró convivir con distintas corrientes internas unidas principalmente por el rechazo al establishment liberal-globalista. Pero una eventual guerra o intervención amplia contra Irán toca una fibra especialmente sensible: la política exterior.

Gran parte del sector joven antiintervencionista en política exterior —opuesto al viejo intervencionismo belicista neoconservador— interpretó la posibilidad de una escalada militar como una traición al ADN original del trumpismo de 2016. Aquella campaña se había construido justamente sobre la crítica a las guerras eternas de Medio Oriente y al aparato de seguridad nacional que había dominado tanto a republicanos como demócratas durante décadas. La campaña del 2024 fue edificada bajo la siguiente promesa:

“Dicen que quiero empezar guerras, no es verdad, quiero detener las guerras”. "No empezaré una guerra, la detendré" dijo Donald Trump (leer aquí)

Para muchos jóvenes conservadores, libertarios y nacionalistas digitales, Trump representaba la ruptura con la lógica de Irak, Afganistán y el paradigma neocon posterior al 11 de septiembre. Por eso el acercamiento a posiciones más agresivas frente a Irán generó malestar inmediato en redes (ya en junio de 2025  con la guerra de los 12 días), medios alternativos y espacios influyentes del ecosistema conservador online. La operación "Furia épica" del 28 de abril de 2026, marcó una segunda ofensiva bélica tan peligrosa, que muchos analistas la catalogaron como el posible comienzo de la Tercera Guerra Mundial. 

Las encuestas comenzaron además a mostrar señales preocupantes para la Casa Blanca entre votantes jóvenes e independientes (leer aquí), especialmente frente al temor de una nueva guerra prolongada y sus consecuencias económicas. La combinación de tensión internacional, aumento del precio del petróleo e incertidumbre geopolítica empezó a erosionar uno de los activos más importantes de Trump: su imagen de liderazgo fuerte pero pragmático. El bloqueo del Estrecho de Ormuz no solo impide el paso de petróleo, sino también de fertilizantes, un problema económico que ha aumentado dramáticamente los costos de vida al ciudadano medio y los costos productivos para los granjeros norteamericanos que votaron por Trump.  Para empeorar la situación antes de su viaje a China, un reportero le preguntó si tenía en cuenta el bolsillo de los estadounidenses entre las consecuencias de la guerra contra Irán, a lo que respondió desafortunadamente: «No pienso en la situación financiera estadounidense, no pienso en nadie. Solo pienso en una cosa: no podemos permitir que Irán tenga un arma nuclear» (1)

Epstein como símbolo del establishment decadente

Pero el problema más delicado para el trumpismo luego de Irán, es el fantasma de Epstein, que si bien era un problema mayor para los demócratas dado que tenía vínculos profundos con ellos, ciertas revelaciones o rumores están siendo utilizados como armas contra el propio Trump. 

Porque el caso Epstein no funciona solamente como un escándalo judicial o sexual. Funciona como un símbolo cultural y arma política para desacreditar al rival. Representa exactamente el tipo de élite financiera, social y política decadente contra la cual Trump construyó gran parte de su narrativa populista y que no obstante la propaganda progresista pudo torcer en su contra. 

Durante años, el trumpismo logró capitalizar la idea de que existía una red de poder corrupta y moralmente degradada protegida por las instituciones tradicionales. Epstein encajaba perfectamente dentro de ese imaginario. Incluso las denuncias extraoficiales trumpistas del movimiento "QAnon" sobre la existencia de una elite pedófila, brindó un fuerte respaldo al presidente. El problema aparece cuando las conexiones, fotografías, vínculos sociales y viejas relaciones comienzan a acercarse demasiado al propio universo trumpista y desde la política oficial parece haber un esfuerzo por cerrar el tema sin que todos los interrogantes y especulaciones hayan tenido sus respuestas. Ahí el daño deja de ser externo hacia los demócratas y empieza a volverse interno.

El caso Epstein salpica a Melania 

En ese contexto, el episodio relacionado con Melania Trump adquirió una importancia política mucho mayor de la que podría parecer a primera vista.

Las versiones que circularon afirmaban que Epstein habría tenido algún rol en la presentación entre Melania y Trump, algo que posteriormente fue desmentido públicamente por la primera dama.

Más allá de la veracidad o falsedad de esas afirmaciones, el dato políticamente relevante es otro: el simple hecho de que una figura tan reservada como Melania haya sentido la necesidad de intervenir públicamente, muestra el nivel de sensibilidad que el tema Epstein alcanzó dentro del entorno presidencial.

En política moderna, los símbolos importan tanto como los hechos.

Y el problema para Trump es que Epstein representa exactamente aquello que prometió combatir: una élite cerrada, rica, protegida y moralmente corrupta. 

El caso Epstein salpica a Howard Lutnick 

La situación se volvió aún más incómoda cuando nuevas desclasificaciones relacionadas con Epstein comenzaron a salpicar a Howard Lutnick, actual secretario de Comercio de Trump.

Nuevamente, el problema no es jurídico ni necesariamente penal. El problema es de imagen, de reputación. Porque cuando los archivos empiezan a tocar figuras activas del gabinete presidencial, el trumpismo deja de poder presentar el caso Epstein como un fenómeno exclusivamente ligado al establishment demócrata, hollywoodense o financiero de décadas anteriores.

La contaminación alcanza ahora al propio aparato de poder trumpista.

Las desclasificaciones y testimonios recientes mostraron que Lutnick no solo conocía a Epstein: era además vecino suyo en Manhattan y mantuvo contacto durante años posteriores a la primera condena de Epstein en 2008. (2) (3)

Documentos y correos revelaron visitas a la mansión de Epstein, encuentros sociales posteriores e incluso un almuerzo familiar en Little Saint James, la isla privada de Epstein, en 2012. Todo esto contradijo parcialmente declaraciones previas de Lutnick donde sugería haber cortado vínculo rápidamente tras considerar a Epstein una persona “repugnante” (4).

Además, surgieron registros vinculando a Lutnick con un evento de recaudación para la campaña presidencial de Hillary Clinton en 2015, al que Epstein también habría sido invitado. Es decir el actual funcionario de Trump apoyaba a su rival Hillary en las elecciones que lo llevaron al poder por primera vez.  

Ese detalle es políticamente explosivo porque rompe otra pieza importante de la narrativa trumpista: la idea de separación absoluta entre el nuevo populismo derechista y las viejas redes bipartidistas del establishment financiero.

También a Steve Bannon 

Pero quizás el caso más simbólicamente devastador sea el de Steve Bannon. Ante todo por lo inesperado porque Bannon no fue simplemente un funcionario más de Trump. Fue uno de los arquitectos intelectuales del trumpismo original, especialmente de su dimensión populista, nacionalista y antiestablishment. En el Tomo II de "Trump contra el globalismo" estudie su figura, sus contradicciones y algunos puntos de alarma para tener en cuenta sin llegar a ser concluyente con su figura.  

Las revelaciones sobre sus vínculos con Epstein golpearon precisamente la credibilidad de su lucha contra la elite. Bannon sostuvo durante años que sus encuentros con Epstein durante el 2018 y 2019 formaban parte de un supuesto proyecto documental destinado a exponer su personalidad y “depravación”. Sin embargo, la publicación de grabaciones, fotografías y miles de mensajes mostró una relación mucho más ambigua y cercana de lo que inicialmente se había admitido. (5

Si bien siempre se comunicó con Epstein en el contexto del documental y con su equipo de editores y camarógrafos, algunos correos y chat privados demuestran un acercamiento casi amistoso. Las imágenes de ambos conversando durante horas en la mansión de Epstein, sumadas a reportes sobre asesoramiento mediático y entrenamiento comunicacional para ayudar a magnate pedófilo a reconstruir su imagen pública, generaron una impresión particularmente tóxica dentro de la base conservadora. Tal vez lo haya hecho para que Epstein baje la guardia y que de esta forma pueda ser expuesto crudamente, sin embargo hasta el día de su arresto en julio de 2019 se habló con Bannon. 

El problema político no es solamente que Bannon haya entrevistado a Epstein. El problema es la percepción de familiaridad, complicidad y cercanía simbólica con una figura que encarna exactamente aquello que el populismo trumpista decía rechazar y combatir: redes elitistas opacas, decadencia moral, corrupción, impunidad y privilegios.

Y ahí emerge una contradicción devastadora: cuanto más el trumpismo intenta consolidarse como fuerza gobernante permanente, más empiezan a aparecer conexiones con las mismas estructuras sociales, financieras y culturales que originalmente prometía destruir.

Es un golpe devastador contra la identidad MAGA, un golpe a todo lo que parecía ser una promesa de cambio real. Cuanto más aparecen figuras trumpistas orbitando alrededor del mismo ecosistema social y financiero que durante años denunciaron, más difícil se vuelve sostener la narrativa de outsider antisistema. Bannon prometió que todo sería aclarado cuando publique la entrevista documental. 

El futuro MAGA es incierto

Donald Trump aportó a la derecha un matiz que era necesario: la lucha contra el progresismo y el globalismo. Narrativamente transformó por completo el Partido Republicano, sin embargo en los últimos meses las contradicciones internas en el ejercicio de poder y el deseo de satisfacer facciones opuestas en el propio movimiento están decantando cuales son las verdaderas prioridades para Trump más allá del discurso.  

La cohesión basada en la oposición comienza a resquebrajarse bajo el peso de las contradicciones del ejercicio real del poder. Mientras el movimiento combatía al establishment, todas sus facciones podían convivir detrás de un enemigo común. Pero gobernar obliga a elegir prioridades, aliados, compromisos y estrategias concretas. Y esas decisiones inevitablemente generan fracturas si bajo un movimiento se intenta aglutinar intereses incompatibles.

La guerra con Irán está socavando los pilares que sostenían a su propio movimiento America First. El caso Epstein y el contradictorio intento de Trump de tapar todo y obstaculizar desclasificaciones que él mismo había prometido, sigue erosionando la narrativa moral antisistema. Los agresivos ataques del presidente contra el congresista republicano Thomas Massie y la ex congresista Marjorie Taylor Greene, lejos de sumar parecen demostrar cuales son las verdaderas preocupaciones e intereses de Trump. 

Y las tensiones internas revelan que ya no existe una sola derecha trumpista, sino un otrora vigoroso movimiento que se desmorona debido alas erráticas y contradictorias acciones de su creador.

Por eso quizás el problema actual de Trump no sea simplemente una mala semana mediática ni una caída temporal en las encuestas.

El problema podría ser algo más profundo: el inicio del proceso mediante el cual un movimiento construido para desafiar al sistema comienza lentamente a parecerse demasiado a él.


Por Theo Belok, padre de la Teoría Soberanista; escritor y analista geopolítico, autor de "Globalismo: ¿Qué es y cómo derrotarlo?" . Sigue sus análisis en su sitio oficial: teoriasoberanista.com

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